España languidece en plena canícula

Nadie puede saber qué está pasando. Un país paralizado por la acción de un vendepatrias amoral cuya única función es salvarse él mientras condena a la sociedad que, inmerecidamente, le da de comer, es un país inexplicable.

El problema no es que vengan las terceras elecciones consecutivas sino que nadie pueda pronunciarse ni sobre las cuartas ni las quintas…..por lo menos. El nefasto líder acostumbrado al parasitismo como toda actividad vital, rodeado de una  legión de iguales ( entre todos no llegan a una jornada laboral ), es capaz de provocar nuestra ruina. Yo comprendo que no hay más remedio pero no creáis que veo con agrado que personas como Hernando o Margarita tengan libertad de expresión. Su chulería y sinrazón provocan náuseas.

Además la situación llega a un punto que empieza a afectar a las relaciones personales. Estos días tengo un compromiso social, estoy en Madrid, donde se reúnen mayoritariamente gentes que dicen eso de que Rajoy tiene la obligación de seducir y que, como no seduce, tiene la culpa de todo. Es decir que le pasa lo que a mí con alguna protagonista del cine, léase una tal Claudia, siendo yo el culpable de mi propio fracaso. Es un consuelo.

Bueno, como ya habéis averiguado, no asistiré al compromiso. Era como la sesión de investidura. Mi presencia no tenía otro objeto que un cúmulo de personas aprovecharan la ocasión para insultarme. Lo han hecho toda la vida y por eso evitaré ir a su guarida. Que les den.

A otra cosa. No se si os habéis dado cuenta pero sufrimos una importante inundación de naturaleza. Suelo hacer una parodia de la situación que se produce en las farmacias con la obsesión naturalista. Llega una señora, son más propensas que los varones, y estrujan a la profesional con la necesidad de una crema que les atenúe una arruga que se les ha atravesado a causa- esto no lo dicen- de la edad. La manceba , que se lo sabe, acaba aconsejándoles un potingue muy caro que se compone de toda la química imaginable. Temerosa del artificio la cliente le lanza la admonición de que lo quiere “natural”. La empleada, lejos de sucumbir, añade sorprendida, “entonces llévese esto otro que contiene ácido hilaudrónico” o algo parecido. La cliente concluye henchida de satisfacción ” ahora me ha entendido, sobre todo que sea natural.”

La escena la he vivido en primera persona en fechas recientes. Las cosas pueden ser de una forma u otra pero, aunque no se tenga ni idea, se exige que sean naturales. Y qué decir de las recetas que constantemente nos ponen en la tele. no hay quien las identifique ni siquiera por el nombre pero, eso si, en seguida añaden “todo hecho con productos naturales”.

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