La campaña del miedo

Anda la izquierda cabreada porque dice que la derecha está utilizando el argumento del miedo en estas interminables conversaciones sobre cómo repartirse el pastel. Bueno, pues qué le vamos a hacer. Si unos tipos vienen de la mano con un líder que hace pocos ascos a los asesinatos, como lo ha demostrado su convivencia con el abuelo y el padre, ambos implicados en esta forma de lucha política, y además su único propósito es devolvernos a la ruina, pues lo lógico es que metan miedo o, mejor, pavor.

En cualquier caso el problema del miedo no tiene por qué tener como primera consecuencia las campañas políticas. A mí me produce mayor inquietud el miedo difuso que se cuela en el funcionamiento diario de las instituciones y, en especial, los órganos de la Justicia.

Ya en épocas de Franco era perfectamente perceptible cómo los tribunales, y no digamos la Fiscalía, era asequible no al miedo sino al pánico ante los efectos de cualquier decisión que, como se decía entonces, pudiera molestar a El Pardo. Los mecanismos de promoción en ambas ramas tenían mucho que ver con el fenómeno. Conozco el caso de un etarra por el que se preocupó el ministro de la cosa con la intención de que se gravara su situación a causa de un delito muy menor. El juez, que me lo contó, expuso sus razones para sostener lo contrario y la conversación terminó con una advertencia del ministro sobre la necesidad de respetar el deber de residencia en la localidad que era la sede del juzgado pues no hace falta decir que el togado residía en una gran localidad situada a muy poca distancia. Tuvo que mudarse.

En la actualidad la cosa es mucho más complicada. Se han tipificado muchos delitos cuya concreción es casi imposible. Son delitos por esencia intencionales que concluyen según la apreciación del juez y, mucho más, del fiscal. Por poner dos  ejemplos recientes hemos asistido a una inculpación subjetiva por incitación al odio y otra por la ofensa  a los sentimientos religiosos. En primer lugar es imposible saber en qué consisten los delitos, pues odiar, lo que se dice odiar, aquí odia todo el mundo y en cuanto a los sentimientos religiosos es obvio que hay cabe cualquier cosa sin perjuicio de que no es de recibo que una pobre idiota entre en una capilla, se saque las tetas y diga “¡¡ todos al suelo¡¡ que esto es una liberad de expresión.”

El colmo del miedo es lo de hoy en Pontevedra que han declarado persona non grata nada más que al Presidente del Gobierno por un rifirrafe sobre la prórroga de la celulosa que, por cierto, lleva allí mil años. Lo de la persona non grata es muy del PSOE y me temo que va a proliferar. Es tal el odio que le profesan a Mariano desde que proclamó que Zapatero era tonto que le declararán todo lo que sea posible, y esperemos que no acabe como López el venezolano.

Un último apunte sobre el juicio de León. Soy un radical enemigo de los jurados pues concentran en sus decisiones toda la inquina social. En general son aberrantes. En el caso a que me refiero se han pasado siete pueblos con la policía municipal y esto sin perjuicio de que yo pronostiqué siempre que lo de la pobrecita que pasaba por allí no se lo creía nadie. Dicen los defensores que hay motivos de nulidad del juicio pero también soy escéptico sobre tal posibilidad. Volver a repetir el juicio, por muchas razones formales que existan, es algo muy difícil para los Tribunales. En fin, como en los toros, que Dios reparta suerte.

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