España, país de lacayos y pirómanos

Si hay algo que se le da bien a nuestro cuerpo social eso es echar de menos a la gente, la nostalgia. Suárez, Felipe, el Rey y, preparaos, la Reina. El Rey ha despertado los sentimientos de los lacayos y, dale que te pego, le tocan las palmas ora en una plaza de toros ora desde una plataforma de exministros que es como decir de enchufados que han llegado a creer en sus propios méritos. Debe estar a punto de aparecer la plataforma de jefes de negociado en pro de la Constitución y, cómo no, en defensa del Monarca y de su labor histórica.

La característica fundamental del Rey es la de las buenas personas que en una gresca de taberna, en vez de desenfundar, dan una palmada en el hombro a cada uno de los borrachos y le susurran lo bien que estarían en su casita pues Lucy y los niños le están esperando y al fin y al cabo todos sabemos que Joe tiene sus cosas pero que luego se le pasa. No me cabe duda de que el nuevo también lo hará pero nadie nos asegura que a éste  no le vayan a contestar de forma menos amable y recordándole que la institución más apreciada en algunos ámbitos es la Gillette, naturalmente, en  sentido figurado.

El problema, sin embargo, es el de la Reina. Las monarquías no están pensadas para personas normales sino para gente encapsuladas en una fantasía cuyas escapadas a la realidad no pueden ser otras que las que vienen impuestas por la inevitable condición humana de sus cuerpos, que tiende a traducirse en alcohol y sexo. En la casa Borbón y en otras muchas, incluso republicanas, se sabe mucho de la materia.

La Reina, sin embargo, va a ser de lo más normalita. Pertenece al sector progre de su generación que lee El País y cree que hay que modificar la Constitución aunque no sepa qué ni para qué. Aparentará buenismo para demostrar lo malotes que son os que no estén con ella y, cuando nos descuidemos, nos dirá que encarna una monarquía “moderna” apoyándose en varios editoriales al respecto. El colmo.

Lo importante es que con estas condiciones no meta la pata haciendo de Sara Carbonero y que la taberna en vea de una pelea pase a contar con varias. No puedo imaginar tan seráfica posibilidad (no la de la taberna, sino la de que no meta la pata). Me temo lo peor, o lo mejor mirado desde la óptica republicana.

Luego están los pirómanos. Ayer un apreciado amigo, en una profunda reflexión de automóvil, me dijo, lamentando la mala situación socio-laboral que padecemos, que así se explica lo de “podemos” o “Quo”. Le contesté que no era verdad, que la única explicación es la vocación de pirómanos que muchos llevan dentro  y que a la democracia de las banderas o del ping pong se ha acabado imponiendo la del contenedor ardiendo aunque las llamas se carguen al propio autor de la tea

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