El pase del desprecio y la vida judicial

El Litri fue un mal torero al que, sin embargo, se le añoró cuando tiempo después fue relevado por su hijo. Este no era malo, sino peor.  Al final de la faena, con el toro derrengado, el padre impulsó el pase del desprecio que consistía en mirar al tendido en la mitad del pase mientras la plaza gritaba alborozada por lo que parecía peligroso.

Viene esto a cuento, más o menos porque deseaba dedicar unas líneas a comentar la vida cotidiana en la esferas judicial y su influencia en en presunta imparcialidad de sus protagonistas.

Los jueces son bastante imparciales, como lo es la gran mayoría de los funcionarios púbicos que, dicho sea de paso, están obligados a ello en similar medida. A los dos grupos sociales les afectan también similares riesgos de perder tan preciada virtud.

En primer lugar, la política. Son de izquierdas o de derechas como el resto del personal si bien la experiencia me dice que los casos en que su imparcialidad está en juego, a la hora de tomar decisiones, son sumamente escasos. Luego viene el parentesco derivado de la relación de pareja. Esta circunstancia está más presente que la anterior por tratarse de una profesión con alto grado de endogamia e incluye a la Fiscalía y a los altos Cuerpos de la  Administración. Creo que existe una especie de judicatura ganancial que puede incluso observarse en la provisión de las Vocalías en el Consejo.

Podemos citar también el paisanaje residuo nostálgico de otros tiempos ya en franca decadencia  igual que sucede, afortunadamente, con los avatares de la Guerra Civil.

Sin embargo, un panorama tan escasamente preocupante se ve en la actualidad enturbiado por la reaparición de cierto sectarismo religioso de la mano del Opus Dei. Gallardón y Fernández Diaz han favorecido una política de que parece indicarlo y ciertos nombramientos efectuados y alguno de inmediata adopción se tiñen de sospechas. Por supuesto no hago la menor crítica a la libre conciencia de cada uno por muy retrógradas y  arcaicas que a mí me pueda parecer. Critico con vehemencia que, a través de dicha libertad, se puedan producir determinadas decisiones del poder.

En su día un determinado individuo, Silverio Nieto por más señas, se autoproclamada el sumo sacerdote del Opus en la judicatura e invitaba a los compañeros a requerirle los favores que precisaran para su promoción profesional. Lo hacía en el solemne acto del café mañanero, acto en que contaba también que él no pagaba en los autobuses porque enseñaba la placa de su anterior condición de policía (aprovechaba la ocasión para mostrarla). Luego se hizo cura y trató de compatibilizar su cargo con el de Magistrado hasta que lo acabó impidiendo el Consejo. Se las daba de influencias en los servicios secretos del Vaticano, algo que ni a Tony Leblanc se le hubiese ocurrido. Mi pobre mujer no se recuperó jamás de la experiencia de haberle escuchado decir estas cosa.

En El Confidencial del pasado 30 de duciembre se cuenta esto y mucho más y sólo puedo decir que, en la medida en que lo he sabido, todo lo que se expone es rigurosamente cierto. Tengo que decir, sin embargo, que el personaje en cuestión nunca me pareció otra cosa que un fantasma de barra fruto de un ser inmaduro de nula credibilidad, más que alguien peligroso por cavernícolas que fuesen sus ideas. El biógrafo le llama confesor áulico del ministro del Interior pero yo, que ignoro que es un confesor áulico, tampoco atribuyo a esto la menor verosimilitud. Ningún cura va diciendo a quién confiesa y la clase de confesión que practica y si algo ha caracterizado siempre al personaje esto ha sido su profunda indiscreción. Sobre su aptitud profesional y espíritu de trabajo debo tener la discreción cuya falta tanto critico.

No quiero, por último, dejar esta imagen de mis compañeros. La gran mayoría la componen personas estupendas con sus ideas, virtudes y defectos, que luchan constantemente por mantener su imparcialidad en las aguas borrascosas de una sociedad sumamente dinámica donde, afortunadamente, todo el mundo puede expresar sus opiniones sobre las tormentas judiciales, cualquiera que sea su grado de conocimiento, mientras que el poder, como mucho, les obsequia con el pase del desprecio.

Finalmente, no puedo ocultar que existen Magistrados descarriados que, a pesar de todo, han cometido algún desliz. Ahí está el caso de Juan López de Hontanar, persona y profesional irreprochable del que me han llegado noticias que es del Atleti. Todavía, espero, se puede regenerar. Hay casos peores.

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