La chulería, signo de los tiempos.

Madrid, plena guerra civil. En la ciudad mandan muchos, cada uno por su lado. Para acabar de fastidiarla, también tienen Gobierno que, aunque no manda nada, no deja de aparentar lo contrario.

Motivado por la escasez de una ciudad sitiada y con todo tipo de carencias, el Gobierno dicta órdenes continuamente para limitar el comercio. Así, llega a prohibir la venta de neumáticos por Orden Ministerial.

En el Ministerio de Industria, o el que tuviera la competencia, se decide que la orden ha de ejecutarse de inmediato. Un Ingeniero de Industria tendría, pues, que dirigirse a las tiendas del ramo para hacerles saber la prohibición, eso sí debidamente trajeado y acompañado de ayudante y coche con chófer. Un inciso para decir que un ingeniero de esa clase era como una aparición. Yo les conocí muchos años después y, en vez de andar, levitaban. En los 70, el jefe de los ingenieros de mi Ministerio era un ex-legionario que continuamente hacía gala de sus orígenes y a cuyo paso los niños se metían en sus casas. Le seguí viendo jubilado porque era vecino, y aun así daba pavor. A mí me decía “tu tierra se empapó de mi sangre”. Se refería a Extremadura y a ciertas heridas de guerra. Me imagino lo que les pasaría a los de enfrente, que perdieron.

Volvamos al sucedido. La comitiva llega a la tienda con un cartel que contiene la prohibición. La dejan en el suelo mientras el ingeniero arcangélico advierte severamente al propietario o camarada encargado. En ese momento suena en la calle, creo que Carranza o Sagasta, un repentino chirriar de frenos. Del Citröen once ligero, el primero de la saga, descienden apresuradamente cuatro individuos ataviados con pañuelos anudados a la cabeza, mosquetón en ristre, cananas bien encartuchadas y un cinturón de bombas de piña. Se dirigen al tendero: “chaval, deprisa, unas gomas para el coche”  y le ofrecen el consabido e inútil vale de pago. Temblando el camarada gestor dirige su angustiosa mirada al funcionario ingeniero preguntando: “¿qué hago?”. El aludido contesta enérgicamente: “! qué vas a hacer, imbécil, dárselas! ¿No ves que el cartel todavía no se ha colgado?”.

La anécdota me la contó Rafael Roldán, testigo del hecho, maravilloso amigo y hace ya mucho fallecido por exceso de edad. Un abrazo a tu memoria y gracias por esta magnífica lección del Estado de Derecho, vigencia de las normas y chulería fracasada. Ya decía mi mujer -hoy va de emocionadas nostalgias en su cuarto aniversario- que los chulos eran los primeros en caerse del caballo.

Viene esto a cuento porque he llegado a la conclusión de que la chulería está de moda. Por todas partes hay chulos y chulas, a no confundir con chulapas, término más amable y castizo propio de Madrid.

Con Franco los chulos se escondían en poderes territoriales, Gobernadores y Alcaldes. En el Gobierno se andaban con cuidado no fuera que molestasen al Amo que en el fondo pensaba “pa chulo yo”, una tontería porque carecía de este rasgo de personalidad, como le sucede a todos los gallegos. La cautela y la astucia evitan la chulería con la única excepción de Fraga que fue chulo antes, durante y después.

Luego vinieron las Espes con el plus de aristócrata, González y Guerra, el matrimonio Aznar en la variante pijil, la corte de Espe en Madrid en torno al tinglado Gurtel, Almunia en la versión de Bilbao y el campeón mundial: Bárcenas. No están mal en un segundo plano Arenas, Margarita Robles en la esfera judicial y Rosa Diez, pero ésta es una impostora. La conocí personalmente y tenía un rasgo incompatible con la chulería, era una persona con encanto. Por último, circula ahora un chulo de cartel que ya acreditó su carácter en Flandes, el gallo Margallo, del que me he ocupado en otras ocasiones.

¿Cómo es un chulo/chula? ¿El chulo nace o se hace? Pues mirad, de todo hay en la viña del Señor. El chulo es principalmente un soberano mediocre con justificado complejo de inferioridad que utiliza la chulería por consejo de su psiquiatra. Se rodea, bien de siervos humildes, bien de chuletas de menor cuantía. Con mucha frecuencia, no siempre, y no le sucedió a Fraga, son además cobardes que al día siguiente o piden disculpas o matizan para decir lo contrario no sea que se pierdan los garbanzos. Son los más despreciables.

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