El finde y la perdiz mareada.

Menudo finde que me he pasado, quejarse sería una temeridad. El sábado paseíto a las cumbres de Peñalara con un par de amiguetes a fin de celebrar la creación del Parque Nacional; ya en las alturas, ocurrencia de los compis de irnos a comer al Zaca, restaurante de La Granja que significa para los comilones algo así como el Vaticano para los beatos. A trancas y barrancas les saco una mesa y ligeritos alcanzamos nuestro objetivo. Dimos cuenta, eso sí compartiéndolo, de judías, caldereta de cordero, cebollas rellenas de carne y algo en materia de sorbetes. Pasé muy mala noche pero no por problemas intestinales -todo me sentó muy bien- sino por las abundantes lágrimas que recorrían mi rostro acordándome del festín. Ni se os ocurra ir que me lo llenáis más de lo que ya está.

Sábado por la tarde para una boda de tronío de la hija de mis amigos Maite y Alejandro. En contra de mis costumbres me acosté tarde y agotado pero la ocasión lo merecía. Gracias por invitarme y gracias a todos los que estuvisteis conmigo.

Domingo por la mañana tempranito, acompañado de mi hijo menor, llamarlo pequeño es, a pesar de su edad (14) una temeridad, dada su estatura de más de 1,80 e incursión en mi tertulia de Hoyo de Manzanares donde lo pasé estupendamente acompañado de mis amigos de la infancia. Además la mayoría se conserva peor que yo.

Para comer se me canceló una cita con una dama y como no hay mal que por bien no venga tuve la ocasión de disfrutar de una comida con un matrimonio de íntima amistad y su hijo acompañado de novia. Lo pasé también en grande y mi amiga María Ángeles me descubrió que en su primera juventud había hecho la subida invernal del Almanzor con toda la impedimenta necesaria. Le guardaré larga admiración y a su hijo le he dicho que eso es una madre respetable y lo demás son gaitas. Ahora una palabritas con vosotros, partidito y a la piltra.

Hablando de otra cosa, felicidades a Mariano. Nunca una gilipollez semejante, la reforma administrativa, se ha vendido mejor. Han mareado la perdiz hasta dejarla grogui. Allá por los finales de los sesenta y principios de los setenta a Carrero y Laureano se les ocurrió la misma idea que, igual que sucederá ahora, no sirvió absolutamente para nada. También pusieron de gestores a diversos números uno capitaneados por una persona excelente y experto en la Administración, el hace ya mucho fallecido Eduardo Gorrochategui. La reforma, igual a lo que va a pasar, no ahorró nada y costó bastante. Con decir que aquello generó en un organismo permanente que se llamaba el Gabinete para la Reforma, nadie sabía de qué, está todo dicho. Una anécdota explica lo sucedido.

En el año 1972 el grupo de listísimos expertos visita el Ministerio de Justicia y descubre la inutilidad del certificado de penales proponiendo su anulación. Los veteranos funcionarios del lugar sonríen complacidos y, a la salida y en el rito del cafelito mañanero, espetan a los listos: “chavales, desengañaros que la supresión del impreso no se llevará nunca a cabo. No habéis advertido que en una esquina del papel pone aportación voluntaria a la Mutualidad, 25 ptas. Eso son 800 millones anuales”. El impreso siguió y eso que entonces no había ni autonomías ni partidos. Ahora tanto los unos como los otros están partidos de risa.

Otro día hablaré de Rosell y de Mario Fernández. No son más tontos porque no se entrenan.

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