El fútbol y el eslabón perdido de Darwin

Andaba yo esta tarde maquinando cómo vengarme de una señorita que, de forma inmerecida pero demostrando su buen gusto, no accede a mis torpes requerimientos. Estaba ya explorando las posibilidades del vudú a fin de hacerle la vida más dificultosa. La venganza permite todo qué le vamos a hacer.

En estas reparo en las manifestaciones que esta semana han realizado dos primates virtuosos en el empleo del balón. Uno dice que le encanta la inmersión en un idioma del que desconoce todo y otro que no permitirá, o algo así, que le exijan que no hable en su idioma. Como diría otro primate, creo que de Lusitania, ¿por qué?

La primera explicación es la marxista, o sea, la pasta. Al parecer estas chorradas generan un pastón y yo me digo que si a mí me dan un salario por escribir unas cuantas nimiedades a la semana, no sé qué sería capaz de hacer por la décima parte de lo que se llevan los primates. Por lo pronto obligaría a todos los niños extremeños a educarse en castúo que, como todo el mundo sabe, es un idioma de mucho porvenir. Luego me subiría al cocotero y no me volvería a bajar.

Sin embargo, me mola más la hipótesis antropológica con trascendencia en la ciencia médica. Según mi tesis al balompié le pasa, como a otras actividades, que requiere un aporte sanguíneo extra hacia los órganos que lo ejercitan. Es como la viagra de los pies. Naturalmente sucede que, como también sucede con la pastilla-milagro, llenar los pies de sangre vacía la cabeza que va progresivamente empequeñeciendo. Esto conduciría a pensar que los simios manejaban como nadie la ciencia balompédica. Sin embargo como los monos se ayudan de las manos estarían todo el rato incurriendo en la pena máxima y así ni jugaban la champiñones ni subirían de la regional preferente.

Lo más probable es que el nacimiento del fútbol-arte tuviera que esperar un par de millones de años hasta la llegada de los homínidos erectus que ya pronunciaban sonidos guturales de tono similar a los que comentamos. Después, tras otro par de millones de años irrumpiría el homo florentinus que no jugaba al balón sino que se inflaba a pasta a base de recalificar selvas en la Castellana. Hubo, por fin, que dejar pasar otros cuantos millones para adivinar el feliz arribo del homo sapiens.

Aquí dejo estas reflexiones de las que, como todos los grandes descubridores, no espero reconocimiento. Baste con que mi amigo Jose Carlos Martí, doctor del que  ya he hablado alguna vez, me perdone la blasfemia que me puedan atribuir los que, equivocadamente, crean que me he metido con el Barsa que, por cierto, acaba de empatar igualando así el magnífico resultado obtenido por el Madrid ante el Español. Ahora, me vais a perdonar pero tengo que continuar con la brujería. Nunca perdonaré la ofensa de la dama despiadada.

 P.D. Oigo en la distancia que el Barsa se adelanta.

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